La tercera persona

SALTO AL REVERSO

—Tengo que —dijo él.

—No tienes que. Es solo que quieres irte —dijo ella.

Él miró brevemente a su mujer, su semblante dolido, sus ojos llorosos. No sintió nada.

Luego sus ojos se desviaron hacia la vista panorámica. Era una tarde cálida y ruidosa. Los sonidos de los autos se escuchaban incluso desde la terraza abierta del décimo piso.

Pero él realmente no veía los techos de los edificios ni oía el tráfico de la ciudad. Quien dominaba su mente era ella. Ella, la que le decía día y noche: «Déjala. Vente conmigo. Déjalo todo».

—¿Por qué quieres irte? —siguió su mujer, exigiendo su atención.

Una pausa indecisa. Un suspiro cansado.

—Es ella. —Sintió cálido en el cuerpo el alivio de la confesión.

—¿Qué…? ¿Hay otra? —La voz entrecortada—. ¿Quién ella? ¿Quién es?

Y él, sin contestar, sentía cada vez más fuerte el fastidio de oír a su mujer, el supremo cansancio de la batalla, las ganas de ceder, el llamado de ella.

—Ella, ella. Ahí está —dijo señalando a un punto…

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